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Las ideas raramente son nuevas, lo que es nuevo es cada
hombre. Y, en un extraño alarde de coherencia, el autor advierte que la
idea sobre la falta de novedad en las ideas no representa ninguna novedad.
En definitiva el autor plantea que la única identidad que vale la pena
es el hijo de Dios. Sólo después de esta filiación divina vendrá cualquier
otro tipo de principio convicción o ideología.
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